Escuchar artículo

La llamada Tumba 75 fue descubierta en 2022 y contenía los restos de una mujer de entre 17 y 19 años, enterrada con una hoz de hierro sobre el cuello y un candado sujeto al pie izquierdo. Los investigadores relacionaron estos elementos con antiguas prácticas funerarias conocidas como rituales “antivampíricos”.

El nuevo análisis combinó estudios arqueológicos, ADN, radiocarbono e isótopos para conocer más detalles sobre la joven, desde su origen hasta sus condiciones de vida.

Quién era la joven de la Tumba 75

La datación por radiocarbono ubicó el entierro entre 1620 y 1674. Los análisis isotópicos de sus dientes indicaron que la joven había crecido en la zona de Pień, por lo que los investigadores consideran que era local.

El estudio genético, sin embargo, reveló una particularidad: pertenecía al haplogrupo materno J1c2c1, una línea poco frecuente en las poblaciones eslavas actuales y asociada con un origen escandinavo.

Los restos también aportaron pistas sobre su condición social. Cerca del cráneo se encontraron hilos de plata y alambre recubierto en oro que habrían formado parte de un tocado de seda. Estos materiales eran costosos para la época y sugieren que pertenecía a una familia con recursos.

Al mismo tiempo, los análisis de carbono y nitrógeno mostraron un bajo consumo de proteína animal, un indicio compatible con períodos de alimentación deficiente.

Un entierro pensado para impedir su regreso

La posición del cuerpo y los objetos encontrados en la tumba llamaron especialmente la atención de los especialistas.

Una hoja curva de hierro fue colocada sobre el cuello, con el filo orientado hacia la garganta, mientras que un candado triangular permanecía sujeto al pie izquierdo. Estas prácticas fueron interpretadas como medidas destinadas a evitar que la fallecida pudiera regresar de la tumba.

Este tipo de rituales aparece documentado en distintos lugares de Europa central y sudoriental. En otros casos se utilizaron piedras sobre los cuerpos, estacas de hierro, decapitaciones o modificaciones de los restos para impedir el supuesto retorno de los muertos.

La tumba fue abierta después del entierro

Uno de los principales hallazgos del estudio fue la evidencia de una segunda intervención sobre la sepultura.

Los investigadores detectaron que el suelo había sido alterado y que algunos huesos habían cambiado de posición. La evidencia sugiere que el cuerpo fue manipulado cuando todavía no había terminado completamente el proceso de descomposición.

La hoz habría sido incorporada en esa segunda intervención, lo que indica que el ritual no necesariamente formó parte del entierro original. La comunidad habría regresado a la tumba para reforzar las medidas destinadas a mantener a la joven bajo tierra.

Un cementerio asociado al miedo

El lugar también aporta pistas sobre las creencias de la comunidad. El cementerio de Pień no aparece en mapas históricos y no presentaba cruces católicas ni otros elementos devocionales habituales.

Además, estaba ubicado fuera del poblado y cerca de un cruce de caminos. Los investigadores plantean que podría haber funcionado como un espacio destinado a personas consideradas peligrosas, rechazadas o diferentes, una especie de “falso cementerio”.

El caso de la Tumba 75 permite así observar cómo las creencias sobre la muerte, el miedo, las enfermedades y lo sobrenatural podían influir en las prácticas funerarias de las comunidades europeas durante los siglos XVII y XVIII.

Más allá de la imagen de una mujer enterrada con una hoz y un candado, la investigación muestra la historia de una joven que creció en la región, posiblemente perteneció a una familia de recursos y atravesó dificultades alimentarias, pero cuyo entierro quedó marcado por el temor de quienes la rodeaban.

Autor: FM ESTACION DEL CARMEN